13 marzo 2010

Sobre fallas, con perdón

A mí que me disculpe el amigo Ferrán, el delincuente fallero, pero si hay una época del año en que no extraño a Valencia y su capital (Torrent) es ésta. No sé si cometo algún tipo de perjurio civil con esta afirmación, pero, siendo valenciano, no me gustan las fallas. Para nada. Pero nada es nada de nada.

Y no será porque no le he intentado en esta vida. Y lo han intentado conmigo. Profesionalmente, podría contar por docenas los actos falleros a los que he tenido que asistir. En el ámbito personal tengo excelentes amigos para los que esta fiesta es poco menos que una religión. Me han llevado a su casal, me han agasajado y, en última instancia, han procurado que participe, más o menos asiduamente, de las actividades de la comisión. Y doy mi palabra que lo intenté. Pero no. Es superior a mis fuerzas.

Tengo una profunda envidia (que no sé si es sana o cochina) a todos aquéllos que, cuando llegan los primeros días de marzo, se enfundan el blusón, trasladan su domicilio al casalet, se despiden temporalmente de su actividad laboral y de la parienta (o del pariento), y, sumergidos en las fallas, encuentran en esas semanas la razón de su existencia.

Yo, lo siento, no fui programado para entenderlo. Y estos días, que veo los reportajes de rigor -plagados de los mismos rancios tópicos de siempre, dicho sea de paso- que sobre la fiesta valenciana emiten los canales internacionales de televisión que puedo sintonizar (TVE y Antena 3), corroboro un año más mi total ausencia de “fallerío”. Y aunque esté feo decirlo, me alegro enormemente de estar muy lejos de los niños jodiendo con los petardos, del tráfico imposible y de una bullanga que me es absolutamente ajena.

De todas formas, a los que sois y os sentís falleros, os deseo que disfrutéis de estas fiestas.